Sin aire


Rosa no sabía gritar, por eso, cuando notó los pasos cada vez más próximos a su espalda se desmayó, el pánico se amontonó entre su pecho y su garganta y encarcelado, se bebió su oxigeno hasta asfixiarla. 

El hombre que la seguía era el estanqueró, pagó la tarjeta de transporte, pero se la dejó sobre el mostrador, siempre tenía miedo, por eso no pudo oir las llamadas de aquel hombre, el pánico acumulado la dejó sin dos sentidos, el del grito y el de escucharlo. El exceso la dejó en defecto, cuando él, en un etílico traspiés, paso a mejor vida para los dos. Nadie sabía nada. Todos sabían todo. Ella, incluso frente al ataud, sintió pánico. No se quedó a velarlo, aún creía que podía levantarse. No lloró. No habló. Paseo la muerte de su verdugo como mandaban los cánones. Se silenció. 

No quería morir. No quería encontrarle allá dónde fuera el que deja este mundo. El aire del estanquero pasaba de su boca a sus pulmones, no pudo oir la ambulancia que venía en su rescate. Le pusieron las placas y su cuerpo en una convulsión solto el aire del estanquero y el que se había estancado en su pecho ahogándola. Abrió los ojos. Otros ojos la miraban y acogieron los suyos con una sonrisa. 

– Ha pasado lo peor. No se asuste. La llevamos al hospital.

Sobrevivió, ese día y todos los que le quedaban, porque aquel miedo enquistado en su alma, solo le dejó media sonrisa y media vida, un piso barato en un barrio barato, dos hijos adultos que la compadecían, los vecinos mudos, las calles de ese ayer asfixiante, las cicatrices a la luz de los focos y un café a eso de las seis, cada tarde, con el hombre que le salvó la vida pero que no se atrevió a salvarle el alma. 

Publicado por Nuria Barnes

Soy un cuerpo construído de poemas, de los que leí, y de los que la vida escribió en mí y yo para ti. Narro historias, porque sino escribiera me faltaría el oxígeno para vivir.

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