La pena de seguir respirando.

 
A veces, el amor saja, y un dolor infinito sale a borbotones de tu estómago y se instala en tu pecho, y las lágrimas, esas que por múltiples motivos, no han brotado antes, se apoderan de tus ojos y borran la mirada del mundo que te rodea, casi no ves, y te cuesta respirar, porque quizá nunca supiste y ahora que no puedes o no quieres cuesta más hacerlo, y en ese momento, atropellada de incertezas, con todas la lesiones invisibles que el vivir va dejando ocultas tras una sonrisa más o menos forzada, entonces, el sabor amargo del diazepan desciende por tu garganta y piensas, ¡un brindis por la amargura!, que Satán me lleve de una vez a su infierno, que mi pecado de vivir se convierta en cenizas, que nadie lloré que ya lloré oculta de mí y de todos lo suficiente; pero que cese, que cese este dolor que vomita el alma y duele en el cuerpo, que me cansé de fingir que no duele nada, que me cansé de escuchar que yo puedo, que me cansé de arrastrar mis pisadas en el fango que bajo mis pies crearon aquellos que debieron amarme, y veo el caos que se abre, miro la caja, dulce sueño, a punto de romperme hace unos meses a punto de romperme en esta noche amarga, una mecha, una palabra, tabaco, y un silencio, y los mensajes que ayer ignoraste de quien día a día te mata un poco más, estallan en tus oídos en un silencio que retumba y rezuma dolor, gárgolas en las paredes de tu casa, los demonios se han apoderado de tu aire y te tomas otra más, la tercera, que no diera yo por dormir sin tiempo y dejar las heridas para otros cuerpos, para otras almas, ¿cobarde?, ¡no!, agotada de el, que me arrasó y arrasa la vida y de ella que día a día, como la gota a la roca erosiona más mi piel, para demoler mi alma.

Y entonces, tu silencio, de ti que me aferras a la tierra con ser aún sin ser de tacto, me asola y solo quiero cerrar los ojos y dejar de ser, aunque sea para siempre.

Y alzo la mirada y el me mira, con su cara llena de alma, de la pureza de no saber hacer daño pese haberlo sufrido, y por él, por ellos que maullan mis días y por esa mujer que gimió con dolores de parto, no llega la cuarta, tres son suficientes para respirar, y por ellos me condeno a la pena, y aún en el yugo del dolor sin tregua, enciendo un cigarro, te quemo en mis labios y me peno a la pena de seguir respirando. 

Publicado por Nuria Barnes

Soy un cuerpo construído de poemas, de los que leí, y de los que la vida escribió en mí y yo para ti. Narro historias, porque sino escribiera me faltaría el oxígeno para vivir.

A %d blogueros les gusta esto: