Desconocidos extraordinarios


Cada día amanece a las siete, se calienta la leche, se pone el café, sonríe con la añoranza de los años que fueron, entonces aún podia salir al monte con Rufo, el perro que le robaron, llegó a verlo y él lo reconoció, pero no consiguió que se lo devolvieran, desde entonces sus días no son iguales, aunque aún tiene el amor de Tato, ya mayor, como él, y tras el café con tres galletas mojadas se va a la viña a verlo. El terreno, pequeño, lo compró no lejos del pueblo, allí tiene un par de almendros, tres olivos, y algunas tomateras, y a su Tatl, que ya no tiene dientes, y le lleva cada día una lata grande para que no le falte comida. Sus ojos, claros, empequeñecidos por los años, son de un azul intenso, y cuando habla, parecen sonreír, a una vida, que como todas, pasó demasiado deprisa, y así cada paseo, que es un día más, se convierte en un día menos en la cuenta atrás, y regadas las tomateras, alimentado su Tato, baja de nuevo al pueblo, pasando bajo el arco de Santa Oliva. 

Hoy, en el mirador construído en los ultimos años, un diseño moderno en un casco antiguo, ha encontrado a su amiga desconocida, no sabe su nombre, ni ella el de él, se encontraron un día en el camino del parque, el regresado de la viña, tomaba el fresco solo por no encerrarse en casa, ya no había mujer que le aguardase, aunque fuese por las botas llenas de barro, se fue antes que él, sin avisar; ella daba su paseo matinal al perro, le gustó el animal nada más verlo y enseguida le acarició la cabeza y le conto a aquella extraña la historia de su perro robado, la mujer, más joven, en los últimos años de la cuarentena, esculpió con la mirada aquel rostro más que amable, bueno, y tras unos minutos y unas cuantas frases, siguió su camino, pensando una historia para vestir a aquel melancólico desconocido. 

Los días pasaban, y el ritual se repetía casi cada día, a veces, no se encontraban y hoy, ha sido un encuentro especial, ella fumaba en el mirador y él se a acercado, presto a contarle esas historias que sus amigos conocen y no puede contar a nadie más, que si uno que sube al monte es muy rico, nunca ha trabajado, que si el puso el yeso en una fachada, ya en el camino de vuelta al pueblo, y le muestra una Moreneta – así es como los catalanes llaman a la Virgen de Montserrat- está en la fachada de una casa, guardada tras una reja, y le dice que un día vio a un hombre de rodillas rezándole. Sin darse cuenta han llegado a la plaza, ahí se despiden, ella va a dar de beber al perro en la fuente, el se va a su banco al lado del parque.

De camino a casa, la mujer no para de pensar que la vida a veces pone en nuestro camino conocidos aborrecibles y para compensar, nos regalas desconocidos extraordinarios. 

Publicado por Nuria Barnes

Soy un cuerpo construído de poemas, de los que leí, y de los que la vida escribió en mí y yo para ti. Narro historias, porque sino escribiera me faltaría el oxígeno para vivir.

A %d blogueros les gusta esto: