El labriego

A rastras con el peso de la vida,
a pasitos cortos,
la luz apenas se refleja en sus ojos,
cansados de perder,
cansados de no ser,
empequeñecidos a lágrimas,
así regresa el labriego de su tarea,
reventado de sol y de horas,
todo para seguir viviendo.
Pero al llegar a la casa,
sus ojos de pronto se se agrandan,
como dos pozos inmensos,
y la curva de su boca,
se torna apuntando el cielo,
ella espera en la puerta,
de una belleza austera,
aun con el mandil puesto,
le devuelve la sonrisa,
y el piensa en todo aquel tiempo,
cincuenta años de puerta y sonrisas
cincuenta años de besos,
cincuenta que con traje blanco,
se olvidó de los dineros,
para darle el sí, quiero,
y desde entonces seis hijos,
uno de ellos ya muerto,
los cinco que le quedaran,
alzaron alas al vuelo,
no querían tierra agreste,
querían tocar el cielo,
pero la vida no es fácil,
tres de ellos funden hierro,
las mujeres se casaron,
pero también llevan sueldo,
casa, chiquillos, cocina,
son los hijos del labriego,
huyeron de su destino,
para hayar otro más muerto,
viviendo en jaulas pequeñas,
sin leña ‘pa’ hacerse fuego,
y vuelven en los veranos,
para las noches de fresco,
el labrador cruza el patio,
ella se acerca a su encuentro,
y como hace cincuenta años,
repiten un beso eterno.

Publicado por Nuria Barnes

Soy un cuerpo construído de poemas, de los que leí, y de los que la vida escribió en mí y yo para ti. Narro historias, porque sino escribiera me faltaría el oxígeno para vivir.

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