El día que mi perro lloró-

Desde que la enfermedad había cambiado mi vida, mis rutinas desvanecían días, hasta el día en que me desvanecí yo.

Salí a pasear con mi perro, sobre las nueve de la mañana, vivía en un pueblo de costa y lo llevaba a jugar a la playa.

Al cruzar el portal y dar los primeros pasos, me extrañó no encontrarme con nadie; pasada la primera manzana, tenía frente a mí cuatro policías con cara de pocos amigos.

―¿Se puede saber que está haciendo?

―Pasear a mi perro, como cada día, señor.

―¿Cada día? Perdone, señora, está usted loca o nos toma por tontos.

―Perdóneme usted, pero no entiendo nada.

En ese momento, uno de ellos extrajo una especie de lector de códigos y lo pasó por mi brazo.

Miró a sus compañeros y les dijo:

―Es una de nuestras heroínas.

Llegué a comisaría mareada, me llevaron a una sala toda blanca, donde me sirvieron un té y unas galletas de avena, me dijeron que debía comer, tenía mala cara.

Después de dar un sorbo al té y mordisqueando una galleta, me acerqué a una pared, tras un cristal, se podía leer Derechos y deberes civiles.

1 . Todos los ciudadanos se encuentran bajo el control del Estado.
2 . El Estado les adjudicará su puesto de trabajo acorde a sus capacidades, horario y retribución.
3 . El Estado establecerá sus días delibre albedrío, cuáles salir y dónde pueden ir.
4 . El estado se encargará de los canales de distribución de alimentos, productos de limpieza, higiene y farmacológicos en cada domicilio de acuerdo a lo que puedan consumir según su estado de salud.
5 . Los desplazamientos deberán ser autorizados por el Estado.
6 . Las compras de las prendas de vestir se podrán efectuar, según el estatus decada ciudadano, en las tiendas online habilitadas por el Estado.
7 . Los libros que se pueden adquirir serán los que indique el Estado para cada ciudadano; lo mismo aplica a películas, periódicos y acceso a internet.
8. Quedan prohibidas las fies…

En ese instante se abrió la puerta y entró mi amiga Sandra, médico como yo, ella había cuidado a mi perro. Mi marido, Alberto, no es muy amante de los animales.

Me abracé a ella llorando, preguntando. Su respuesta me dejó fría.

―¿No te dijo Alberto que te quedaras en casa?

―¿Qué dices?

―No puedes hacer lo que quieras, hay que seguir el orden.

Noté una mano que me acariciaba el pelo, miré a Alberto con una sonrisa, me había vuelto a dormir. Siempre tenía extrañas pesadillas desde la pandemia, pero últimamente siempre se repetía la misma.

―Mi amor, te has vuelto a desvanecer. No queda más remedio que llamar a los servicios de control.

―¿Qué dices, Alberto?

―No empieces de nuevo. Ya sabes que el orden se debe cumplir.

―¿Qué orden?, ¿de qué estás hablando?

―De nuevo rebelde. No me dejas opción.

Apretó una especie de mando a distancia que me impedía hablar o moverme; sin embargo, en mi mente se inició una serie de fotogramas muy rápidos.

Era marzo de 2020, una pandemia de un virus llamado COVID-19 asolaba el mundo desde finales del año anterior —yo trabajaba de intensivista en un hospital, fueron meses de una guerra sin tregua contra un enemigo invisible—; recordaba a la gente en sus balcones aplaudiendo e incluso cantando cada noche a las ocho; la sirenas de policías y bomberos se unían al homenaje diario; nos llegaban flores, pasteles, todo tipo de regalos para animarnos; pero dormíamos a ratos y algunos incluso lo hacían en el suelo; incluido el personal de limpieza, agotado de revisar cada rincón una y otra vez para higienizarlo. Casi no llegaba a casa la mayor parte de los días, los intensivistas éramos los únicos que podíamos poner los respiradores y éramos pocos. Pasaron meses hasta que enfermé, mi caso fue, además, uno de los extraños casos en que se producían pequeños ictus. Luego solo aparecía Sandra recogiéndome en el hospital. Le preguntaba por Alberto y me decía que no era su día de salida. Me dejó en casa. Alberto me abrazó.

―Sandra, quédate a tomar algo con nosotros para celebrarlo.

―No puedo, hoy no es mi día de libre albedrío.

Esa frase la dijo mirando seria a Alberto. Cuando se marchó, mi marido, sin ningún tono extraño, me empezó a contar una nueva especie de orden mundial. Se parecía al de la novela que escribía en mis ratos libres, abandonada por la pandemia.

Llegaron unos hombres, vestidos de blanco, que me sacaron de forma abrupta de mi película. Pasaron de nuevo el lector de códigos por mi brazo. Luego miraron a Alberto.

―Todo está correcto. Ya se ha escapado dos veces. Si no la vigila, pese a ser una de nuestras heroínas y gozar de los mayores privilegios que otorga el Estado, sabe lo que significa.

―Lo sé.

―Será una rebelde. Su mente se vigilará; si no acepta el orden, tendrá que ir al centro. Allí no podrá escaparse. Si fuera usted, la vigilaría más.

Cuando aquellos hombres se fueron, Alberto, como si nada hubiera sucedido, me acompañó al dormitorio, dijo que debía descansar, puso música repetitiva y me sirvió una cena ligera y las tres pastillas que tomaba cada noche.

Por la mañana, al intentar levantarme, vi que una de mis muñecas estaba atada a la cama con una especie de esposas.

Llamé a Alberto entre sollozos, preguntándole si se había vuelto loco, me miró con una sonrisa tierna e irónica.

―Cariño, aunque te paralice, por alguna extraña razón, logras moverte, quieres seguir siendo libre, como antes, y eso es imposible. A partir de ahora, no me queda más remedio que tenerte muy atada.

Me obligó a ingerir otra pastilla con un zumo que no sabía a nada. Lo último que vi antes de desvanecerme, fue a mi perro mirándome triste desde el jardín, incluso me dio tiempo a verle una lágrima.

Publicado por Nuria Barnes

Soy un cuerpo construído de poemas, de los que leí, y de los que la vida escribió en mí y yo para ti. Narro historias, porque sino escribiera me faltaría el oxígeno para vivir.

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