Lloran las calles

La oscuridad temprana del otoño prende a media tarde las luces en los hogares, quizá más habitados de lo habitual, las ciudades y pueblos están a media luz, parece como si el farolero de antaño se hubiera olvidado de iluminar la vida, una vida prendida de silencios en calles oscuras, sin almas que las transiten, hasta que a las diez de la noche, sólo con el campanario, estallará la muerte al otro lado de los muros y cristales de los hogares y el asfalto amanecerá como empapado de rocío en las lágrimas de sus soledades, y poco a poco a las seis algunos o muchos madrugadores pasearan por ellas como si de un ensayo del hecho de vivir se tratase.
La vida transcurre detrás de un cristal, pero es un pantalla de un ordenador, tablet, teléfono o televisor. Ahí trabajamos, estudiamos, leemos, y pasamos una gran parte del devenir de este año distópico. Por eso cada mañana al pasear con mis peludos me paro y miro al mar, la arena, las rocas, los árboles, y cuando veo a los paseantes, los que hacen ejercicio, los que toman el sol, me parece que ha llegado el final feliz del libro de una distopia más.
Pero las agujas del reloj avanzan y la oscuridad llega y con ella el vacío. La incertidumbre se apodera de mentes y corazones, y aquellos que tenemos el amor y la luz como compañeros de viaje, nos miramos dentro, dónde anida el color y el calor de ser.

Publicado por Nuria Barnes

Soy un cuerpo construído de poemas, de los que leí, y de los que la vida escribió en mí y yo para ti. Narro historias, porque sino escribiera me faltaría el oxígeno para vivir.

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