Dos galgos

 

   Cuando le dijeron que su marido estaba muerto no pudo gritar, miró a los ojos de los dos agentes y cayó de rodillas sin pronunciar una sola palabra, ni un grito, nada.

   Aquello era lo que más odiaban de su profesión, anunciar a los vivos la pérdida de los que amaban, ni los años de servicio que incluso les endurecían del hallazgo de cadáveres adultos, podían endurecer sus almas ante la muerte de un niño o frente a la mirada de aquellos que sabían que habían perdido la suya en los ojos del que ya no iba a ser más.

   Ayudaron a aquella mujer de mediana edad a levantarse, ante su mutismo y un gesto afirmativo de ella, entraron en la casa para cercionarse de que estaba sola. Solo había dos galgos tumbados en sus camas y arropados del frío con unas mantas. Tenían agua y comida, podían marcharse.

  ¿Quería llamar a alguien? Nego. Les siguió como uno de esos animales abandonados, se dejó llevar con un rostro que gritaba dolor sin fijarse en nada, perdido en quién sabe que pensamientos.

   Uno de los agentes la acompañó al coche, mientras el otro llamaba a la puerta de unos vecinos. Necesitaban saber si había hijos, si había alguien que pudiera acompañarla.

   No tenían hijos, eran una pareja enamorada, no pudieron tenerlos, pero al revés que a otros eso les unió más. De ella no conocían familia, se conocieron un verano en la playa, la familia de él era del pueblo, pero eso ya lo sabían, otros dos agentes estaban informando a los padres. Su mejor amiga era la panadera. Ellos se encargarían de informarla de todo. Eran buena gente.

   En una pequeña sala privada esperaban los padres. Entró y se dejó caer a los pies de la madre de su marido. Abrazada a sus rodillas rompió en llanto. Las dos mujeres lloraban, mientras el padre del difunto seguía aferrado a esa norma por la cual los hombres no pueden llorar. Sostenía a su mujer y acariciaba la cabeza de su nuera. Ellos sabían el porqué, ella no. Sabían que su dolor iba a ser aún mayor. El silenció solo roto por los hipidos de dos llantos que no se atrevían a romperlo estallaba en la sala.

   Minutos más tarde llegaron dos parejas con ojos enrojecidos, hermanos de él, la levantaron con cuidado y abrazándola se sentaron a su lado. Uno de los hombres se acercó a uno de los agentes y le preguntó si lo sabía. Negaron. Pidió si podía ser un psicólogo quién la informara, ellos no sabrían cómo. Se querían, pero habían discutido cientos de veces por aquel tema.

   Cuando llegó la psicóloga le dejaron un sitio al lado de la ya viuda. Habló susurrando con ella, no hicieron falta demasiadas palabras para que un grito desgarrador saliera de su pecho. ¡Asesinos es lo que son! ¡Asesinos! ¡Devolvedme a mi marido! Y luego un llanto que ya no era contenido, en el que la palabra asesinos no dejaba de repetirse.

   – Quiero verlo. Quiero ver a su asesino. Quiero que me mire a los ojos. Quiero que sepa la escoria que es.

Entre todos le intentaron explicar que no podía, que en ese momento lo estaban interrogando. Que había sido un accidente.

   -¿Accidente? Cuando alguien se arma para matar no hay accidentes. Si no pudieran matar inpunemente no habría accidentes.

   Su marido solia salir a correr cada mañana, los fines de semana también. Aquel sábado no había sido la excepción, la bala de un cazador había hecho blanco en su cabeza. Los dos odiaban la caza. Ella desde siempre por educación, el desde que se unió a ella. Sus hijos eran sus dos galgos y un podenco que había muerto ya mayor unos meses atrás.

   Tras el entierro, tras los abrazos a aquellos padres que habían sido los suyos se fue a su casa. No quiso la compañía de nadie.

   Una semana mas tarde la casa amanecía cerrada a cal y canto. Nadie sabía nada.

   “Querida María, no podía seguir ahí, tarde o temprano le iba a ver en la calle, y a los suyos, en el bar, como si nada hubiera pasado. Yo también puedo aprender a usar un arma, pero no quiero. Regresé a mi ciudad. Viviré mientras la vida quiera. No quiero vivir de negro entre sombras. Él no querría.”

   El juicio se celebró sin ella, homicidio imprudente grave. Dos años de cárcel. Sin antecedentes. No entraría en prisión. En cuatro años podría usar de nuevo un arma. No quiso saberlo, ya sabía que nada ocurría a los asesinos de animales de fin de semana. A los asesinos de perros de fin de temporada.

 

 

 

Publicado por Nuria Barnes

Soy un cuerpo construído de poemas, de los que leí, y de los que la vida escribió en mí y yo para ti. Narro historias, porque sino escribiera me faltaría el oxígeno para vivir.

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