Color de uvas

Elena fue tomando una tras una, como una noche de fin de año las trece uvas que Ana, su asistente y confidente le había llevado al estudio dónde pintaba.

Se había lavado las manos escrupulosamente y tumbada en el divan dónde reposaba, hacía bocetos u observaba sus obras con distancia, las fue saboreando cual tesoros en su boca mientras miraba su último trabajo aún a medias. Era un encargo que provenía de alguien que no era para nada de su agrado, pero el momento no estaba para despreciar encargos y como trató con un intermediario, no le importó en exceso que fuera para un capo de la droga. Intentó, de todos modos, saber si además de con el polvo blanco traficaba con personas, en ese caso el no, no se hubiera quedado en el aire. La investigación la hizo un inspector compañero suyo de la infancia, le dijo que no había encontrado nada y le creyó.

Cuándo despertó, no recordaba nada, estaba en una habitación extremadamente barroca, y frente a la cama en la que abrió los ojos, estaba su cuadro a medio pintar. Llevaba puesto un camisón corto de seda, carísimo al tacto, lo miraba todo enmudecida. Vió una mesa servida con un desayuno, en uno de los platos había trece uvas y un sobre debajo. Lo abrio. El pulso se le aceleró mientras sudaba y sentía que iba a desfallecer.

“Nunca me interesó el arte, aunque el tuyo a medias es inspirador. No te fíes demasiado de aquellos que quedaron debajo de ti en el camino, son los mismos que pueden venderte. Ahora eres mía”

Tras el mensaje la firma de su cliente. El pánico la había dejado reposando en el suelo. Su ahora dueño entró y la halló desvanecida, la alzó y se dirigió con ella a la cama. No tuvo escrúpulos en la forma de despertarla.

Ya es pasado

No es cuestión de tiempo, sencillamente ya no me veo, no se verme en un ayer que abandono lentamente.
Presente.
Ser.
Hoy.
Ahora.
Unos minutos.
La respiración de Jerai dulcificando mi tarde me arrulla.
Necesito decir lo que siento de hecho.
Tengo la palabra aparcada en un lugar de esos donde no encuentras el coche.
Paseo perdida en mi, consciente de encontrar día a día lo que busco, ese yo completo que como tantos perdió pedazos o suspiros en tierras propias y ajenas.
En el metro.
Unos ojos.
Una nota de una melodía.
Un cuerpo.
Un avión.
Un trabajo tedioso.
Su sonrisa.
Yo, un ayer que día a día se descompone.
Una luz al fondo, como marinero, buscando mi faro, la luz que me es propia.
Ayer giré la esquina de las oscuridades y las dejé tumbadas en un paso de peatones.
No hubo atropello.
Sí abandono.
El verso anterior ya es pasado y el próximo verso quedará por escribir en la caja estanca de los futoros inxistentes.