Adios miedo

El miedo y la mentira son dos íntimos amigos que a menudo van cogidos de la mano, es curioso ver como muchas veces huimos de lo que la vida generosamente nos entrega por no alcanzar a ver lo que se esconde al otro lado, y entonces hilamos la peor de las mentiras, la que nos contamos a nosotros mismos hasta creerla.

Anna había enfrentado la vida siempre con valor, o eso era lo que los demás siempre le decían, ella creía que simplemente había vivido, le gustaba pensar que si un día de repente los focos se apagaban no tendría nada que reprocharse, había escalado cada muralla, saltado cada abismo e incluso cayendo, las fuerzas la acompañaron para salir de ellos.

Y de nuevo se encontraba al borde del abismo, lo tenía delante, profundo, alargando sus brazos para devorarla, pero esta vez no, quizá la rozaría, quizá incluso la tocaría pero no conseguiría atraparla, seguro que al llegar al otro lado tendría algunas magulladuras, algún arañazo más en el alma y la aleación que cubría sus capas de dolor sería un poco más dura, pero las cicatrices desaparecerían, como siempre y de nuevo se habría reinventado para una nueva vida, en la que esta vez no iban a faltar sus imprescindibles, y esos eran sus amigos, los de siempre y los que la vida recientemente le había regalado, los que habían estado en casi todo su recorrido y los que ahora habían decidido acompañarla, empujándola en los saltos y recogiendo los pedazos o curando sus heridas cuando era necesario.Sigue leyendo “Adios miedo”

Las caricias del recuerdo.

Después de recoger los restos del primer gran naufragio se escondió en eternas jornadas de trabajo y un puñado de abrazos desinteresados de amigos y conocidos, y se acomodó en ellos. Los primeros meses fueron una locura de novedades, cenas, reuniones, salidas y entradas, y en una vorágine de acontecimientos pasó la Navidad y el Año Nuevo en un guiño maravilloso le dejó el mejor regalo.

Cuando el sol saludó el primer día del año no se pudo levantar porque no se había acostado y cuando llegó a casa corrió a mirarse en el espejo, tenía un aspecto de horrible felicidad conmovedor, la larga noche y la intensa mañana habían borrado casi todo el maquillaje y el cansancio se había asentado tomando posesión de su reino y sin embargo sus ojos brillaban como nunca.

Cayó rendida al sueño en cuanto le abrió la puerta y despertó en una placidez que casi había olvidado, eran las ocho, hacía un rato que había oscurecido, le sobraba tiempo, disfrutó de esos momentos en la cama cuando uno despierta feliz y los últimos acontecimientos le hacen sonreír, esos instantes de plena felicidad con uno mismo. Estiró cada músculo de su cuerpo para asegurarse de que era ella la que estaba allí mismo y cuando estuvo lo bastante segura de que aquello estaba sucediendo se levantó y empezó a vestirse para la guerra, ese conflicto de locos que llamamos enamoramiento cuando queremos mostrar nuestro mejor plumaje mientras a la vez nos abrazamos con pasión al del oponente en esa lid cargada de deseos.Sigue leyendo “Las caricias del recuerdo.”